Millones de voces, un solo grito de los que no duermen

04.07.13

Millones de voces, un solo grito de los que no duermen

[Por André Mascarenhas Pereira] Este artículo tiene la principal propuesta de discutir cómo las  manifestaciones que ocurrieron en todo el territorio brasileño en el último mes de junio de 2013, afectaron las estructuras políticas y ampliaron posibilidades de cambios sociales y económicos del país. El presente intento no sería un análisis teórico, pero sí una crónica basada de convicción política en tanto los acontecimientos actuales son recientes y complejos para cualquier distanciamiento. 

Al intentar escribir este apunte sobre las últimas manifestaciones que desparramaron el territorio brasileño, tuve el arduo ejercicio de separar del historiador y analista de humanidades al emotivo ciudadano lleno de esperanzas y aturdido por un momento histórico que marcó fuertemente la política y la sociedad brasileña.

Por ser un cientista de la Historia, tengo por formación, dificultad de analizar un hecho tan reciente y pululante, por lo que intenté escribir no un artículo teórico pero sí una crónica guiada por convicciones políticas y sociales, mezcladas con las directrices de mi profesión.

Me deparé con las noticias del televisor sobre  las protestas  de los estudiantes en San Pablo a principios de Junio de 2013 y los periodistas de los grandes medios destacaban y juzgaban la destrucción que causó los actos. La protesta iniciaba la reflexión sobre la caótica situación del transporte público en todo el Brasil. Los días siguieron con la marcha de los estudiantes de San Pablo, la policía los rechazaba con intensa violencia. Los que dejaban de asustar con los actos de depredación y con la agresividad policial sabían en el fondo que no era sólo una protesta por la reducción del pasaje del colectivo público, aunque ésta fuera la primera reivindicación de los estudiantes paulistanos.

Los menos sensacionalistas y más sensatos sabían  que el aumento de 20 centavos de reales del colectivo público era una agresión al ciudadano brasileño, al estudiante de clase media, al trabajador de clase baja y la mayor parte de la población del país que sufre con los servicios públicos y toda la burocracia estatal que impide el básico de la supervivencia: transporte, salud y educación. 

En el principio del segundo  gobierno del presidente  Lula se ha afirmado una  ampliación de las políticas públicas. Si por un lado hubo un gran incremento en tanto el acceso fue mayor que la calidad, por otro hemos visto una mayor participación de la sociedad brasilera en todos los aspectos del país. Al ingresar a estos aspectos como educación,  salud y cultura —que fueron puntos de las políticas públicas del Gobierno Lula— la madurez  y presencia de la sociedad fue más intensa y más amplia. El crecimiento del número de estudiantes en la universidad y el fortalecimiento de proyectos culturales  expandió la intelectualidad, la información, el comportamiento y la postura no exactamente de la mayoría, pero sí de una gran parte de la población. Hasta el fin de la década de 1990, no era posible ver una gran participación de clases mas bajas brasileñas en las universidades o mismo consumiendo bienes básicos.

Si por un lado Lula añadió grande parte de la población a los derechos básicos, él no creo estructuras fuertes y estables para absorber este crecimiento. Las instituciones educativas  recibieron muchos alumnos con la expansión de la enseñanza universitaria, pero sus estructuras básicas no acompañaron el número de ingresantes. La educación primaria y secundaria de escuelas y colegios públicos continuó muy débil, sin aumento al sueldo del profesor. La creación de hospitales y la ampliación del servicio de salud pública para el interior del país, no ofreció beneficios para la clase médica donde muchos prefirieron consultorios privados a trabajar en pueblos aislados. El transporte público aumentó los precios pero con poca expansión de líneas de colectivos,  saturado de gente que transita en rutas y en calles caóticas.

Todo esto se incrementó notablemente en el tercer  año del gobierno de Dilma Roussef. Junto a todos estos datos, siguieron situaciones que podríamos decir que fueron los aspectos más fuertes que disiparon las chispas de las manifestaciones. El primero, la clase media y gran parte de clase alta quedó muy inconfortable con la inflación de 7 a 9 por ciento, que hasta el año 2000 no subía tanto en la economía brasileña; el segundo, la corrupción dejó de ser una práctica oculta gracias al fortalecimiento del poder judicial del país, donde las denuncias empezaron a revolear la sociedad; el tercero, la madurez cultural y legal que permitió la expresión y la garantía publica de la sexualidad y derechos de los homosexuales en Brasil, fue perseguida cuando sectores más conservadores, principalmente representada por evangélicos y protestantes radicales bajo el liderazgo de un diputado que ganó la comisión de derechos humanos en la Cámara Nacional; el cuarto, los diputados del Congreso crearon una Ley  (PEC -37) donde  el poder judicial y los abogados públicos no podrían investigar a políticos, ya que esto sería directamente hecho por la policía; el ultimo y más crítico, los preparativos y actividades que siguieron para recibir la Copa de las Confederaciones y el Mundial 2014 de la FIFA, donde el Gobierno prestó a empresas e invirtió casi 30 billones de reales para los estadios y otras estructuras para los torneos. Sobre este último aspecto, las demandas de FIFA  juntamente con sus imposiciones directas y publicas al gobierno brasileño, los conflictos existentes entre Dilma Roussef y los secretarios de la entidad de futbol representados por Joseph Blatter y Jerome Valcke revolvieron y dejaron muchos inconformes, creando un justificable sentimiento anti-copa o anti-mundial.

Seguido a esta última y subrayada consecuencia de las protestas, es sabido que para la construcción de estadios, el gobierno además de prestar a interés muy bajo para grandes empresas y carteles aceptó que muchos habitantes fueran echados de sus hogares para que fueran ampliadas las áreas cercanas a las canchas como accesos, calles  y estacionamientos.  Además, en muchas ciudades de Brasil donde ni siquiera existen equipos de segunda del torneo nacional de futbol, fueron construidos estadios al mismo tiempo en que Hospitales y colegios públicos se encuentran en situaciones de lástima, arrumbados en una simbólica ruina social. En otras ciudades como Belo Horizonte, informaciones de comisiones de derechos humanos investigan la desaparición de cerca de 200 mendigos, con datos e informaciones que llegan a una acción estimulada por la municipalidad, una verdadera limpieza social a los padrones nazistas.

Por lo tanto volvemos a los estudiantes de San Pablo y preguntamos: ¿serían solamente 20 centavos de reales toda la acción de las manifestaciones? Sabemos que no.  Las imágenes que eran transmitidas en los televisores y las paginas de los periódicos que tenían la intención de destacar mucho más la violencia y juzgar la acción política/social con vandalismo, resultaron en un efecto contrario que  incomodaron  y movilizaron estudiantes de todas las gran capitales de Brasil a sumar al movimiento. Todas las reivindicaciones y causas  citadas mezclaron en un solo grito: el fin de la opresión gubernamental/burocrática y la garantía y libertad a los derechos del ciudadano, a la sexualidad, la educación,  la salud y el transito de ir y venir. Del Norte al sur del país, los estudiantes empezaron a salir en las calles y clamar por estos derechos básicos, sectores y partidos de izquierda que por años o décadas han luchado, aprovecharon las masas para fortalecer sus reivindicaciones.

Toda esta onda causó mucho miedo a los sectores conservadores. Los Gobiernos que pensaban que el Mundial o mismo la más “sencilla” Copa de las Confederaciones irían a anestesiar el pueblo brasileño con un patrioterismo y pseudo-nacionalismo idílico que siempre logró con la magia del futbol.

La primera tentativa de interrumpir las olas de manifestaciones fue la violencia policial. Los  grandes medios llamaban vándalos a los manifestantes e intentaban condicionar que no era momento de protestas pero si de acompañar y estimular a la selección nacional de futbol.  Redes de comunicación y noticieros contactaban a “cientistas sociales” para pronunciar y juzgar que las protestas no tenían liderazgos y que las causas eran difusas, todo esto con el intento de banalizar y desmerecer el movimiento. Los periodistas preguntaban: “¿vamos a seguir con esto hasta la copa de las confederaciones? ¿No vamos ser hinchas de nuestro fútbol? ¿Qué van a pensar los países extranjeros de nuestro Brasil?”. Las protestas seguirán hasta que los grandes medios cambiasen el discurso y empezasen a apoyar las manifestaciones. ¿Por qué?

Los canales de comunicación, pactados con los sectores conservadores, llegaron a la conclusión de que estas manifestaciones no terminarían. La única alternativa seria la apropiación de las marchas y protestas pero en un discurso único que no hiriese los principios tradicionales y conservadores, ni mismo los eventos de la FIFA. Para estos sectores sería el acontecimiento más grande ocurrido en Brasil en los últimos tiempos. Estimularon que jóvenes desinformados y gente más alienada despertase contra la “corrupción del gobierno Dilma”, contra los partidos de izquierda “oportunistas que desestabilizarían las verdaderas causas del pueblo brasileño”. Entonces lo que era 30 mil, 50 mil, ultrapasó los 100 mil. Gritaban contra la corrupción, culpaban a Dilma por todo y condenaban los partidos. Salían de verde amarillo en la cara con banderas y gritaban orgullosos “sin partido, sin corrupción”.  Lo que seguía para una reivindicación de izquierda, que representaba un desarrollo intelectual y madurez de jóvenes estudiantes desvanecía con clamores de un nacionalismo conservador.

Muchas Asambleas de jóvenes y movimientos sociales empezaron a crecer no sólo para que la propuesta y las causas fueran olvidadas, sino para que también la ola conservadora no disminuyera la importancia de las marchas de izquierda que sin duda fueron el núcleo, y la base de las grandes protestas de Junio de 2013.  En el día 21 y 24 de marzo, Dilma Roussef, creo que llamada por su voz interior de manifestante de estudiante de izquierda que en los años 1970 peleó contra el autoritarismo político y social de la Dictadura Militar, habló. Ella habló y dijo que escuchó las voces de las calles, las voces de los jóvenes. En la tarde del día 24 de junio ella hizo una propuesta delante de gobernantes de municipios y estados de todo el país de un pacto por el crecimiento y un fortalecimiento del Brasil.

Este pacto planteaba 5 puntos: mayor inversión y aumentar sueldos en la educación; plan nacional de calidad del transporte; desarrollo del sistema público de salud y expansión de la atención medica mismo que fuera necesario contratar médicos de otros países de Latino America; control más intenso  a la corrupción donde esta práctica sería un crimen hediondo; reforma política, cuya principal característica seria la reducción de representantes públicos y una legitimidad y fidelidad de los partidos que tendrían que seguir con más rigor sus propuestas.

Fue una respuesta a las voces de la juventud del Brasil. Sabemos que Dilma hizo demasiadas concesiones a los sectores más conservadores, a las grandes empresas y a la FIFA. Pero el inicio de las marchas de San Pablo y la continuidad hecha por una vanguardia de estudiantes  no era contra Dilma o su  deposición como Presidente. Muchos sectores de izquierda que criticaban a Dilma prefirieron apoyarla antes que dejar espacio para que un representante de la derecha ocupase los movimientos y cancelase el pacto por el crecimiento de Brasil.

Los resultados más emergentes de todas las manifestaciones fueron el fin de la propuesta de Ley de la PEC 37, donde el poder judicial y los abogados públicos continúan con la función de investigar políticos y casos de corrupción, y el recorte de 20 centavos o 10 centavos del precio del pasaje de los transportes públicos. Hasta esta última semana muchas marchas siguieron, principalmente delante de los estadios que simbolizaban la negligencia pública con los derechos sociales y civiles. Muchos de los manifestantes orientados por los grandes medios que tuvieron por dos semanas un ímpetu, ahora ya volvieron a sus preocupaciones cotidianas.

Muchos que no sabían por qué estaban en las calles, sin pactar con el verdadero propósito, ya no están más cantando el himno mientras quemaban banderas rojas. Por un lado la unificación de distintas voces sirvió como un grito para asustar a los políticos y presionar al Estado para que amplíe su potencial de sexta economía mundial y empiece a invertir en la educación, transporte y salud. Los sectores de izquierda, sea la más de centro o la mas radical no quieren un golpe de estado contra Dilma Roussef, pero luchan fuertemente para que las propuestas y políticas publicas de ella y Lula sean ampliadas, desarrolladas e implantadas con más calidad y menos demagogia. Asambleas de estudiantes siguen en las plazas y debajo de puentes de capitales de todo el Brasil. Mientras muchos despertaron y en pocos días volvieron a dormir, muchos que siempre están de ojos abiertos continúan para  garantizar que el Estado haga su función primordial: la garantía de los derechos básicos del ciudadano. En Junio de 2013  millones de voces salieron en las calles, los que no duermen gritan y gritarán siempre. 

*Master en Historia Social de la Cultura, Universidad Federal de Minas Gerais, Brasil.

 

Sumario

1. Presentación [por Lucas Benielli y Pablo Vommaro].

2. La “Copa de las manifestaciones”: viejos problemas sobre nuevos escenarios [por Lucas Benielli]

3. Brasil se despertó [por Leandro Morgenfeld]

4. Estallido y expansión de las protestas de junio en Brasil [por Salvador Schavelzon]

5. Millones de voces, un solo grito de los que no duermen [por André Mascarenhas Pereira]

6. Brasil: más democracia, más derechos [por Pablo Gentili]

7. Reportaje a João Pedro Stedile [por Brasil de Fato]

 

8. Reportaje a Marisa Feffermann [por Pablo Vommaro]