La situación económica y social para el 2017 en la Argentina: ¿camino al 2001?

21.09.16

La situación económica y social para el 2017 en la Argentina: ¿camino al 2001?

Desde que asumió el gobierno de Mauricio Macri en diciembre de 2015 estuvo decidido a aplicar un programa económico ortodoxo de shock, el cual no se privó de utilizar las clásicas herramientas de los planes de ajuste argentinos: devaluación, reducción del Estado, apertura económica, endeudamiento, aumentos tarifarios, política monetaria contractiva, suba de las tasas de interés, apoyo del FMI y un discurso pro-empresario. El objetivo de fondo de este programa, según sus promotores, al igual que todos los que se aplicaron en la misma dirección por otros gobiernos, fue el de sanear la economía y producir un “sinceramiento” económico de una situación que se diagnosticaba como “insostenible”. Aunque por supuesto, las consecuencias inmediatas de este plan también terminaron por generar iguales resultados que las experiencias del pasado: bajas de salarios, aumento de la pobreza, recesión, suba del desempleo, concentración económica, transferencias de ingresos desde los sectores asalariados a los empresariales, desprotección del mercado interno, baja del consumo, beneficios para los grupos agroexportadores y una aceleración inicial de la inflación.

Ahora bien, lo importante a considerar de estas medidas son las implicancias políticas que conllevan para el mediano plazo, la dinámica que impondrán hacia el futuro y las perspectivas que abren. Por ello, tratemos de abordar las opciones con las que cuenta el gobierno para el año próximo en función del programa económico elegido.

Por empezar, debemos decir que la estrategia de estabilización económica de raigambre neoliberal que se aplicó se basó en dos supuestos. El primero, tiene que ver con que se diagnosticó que las dificultades de comercio exterior se debían a un tipo de cambio atrasado y a las trabas que sufrían los sectores tradicionalmente proveedores de divisas (por lo que se devaluó y se quitaron las retenciones para reparar dichos problemas), sin contemplar la profunda crisis de la economía mundial y de los países a los cuales la Argentina destina sus exportaciones (como son Brasil, Europa y la desacelerada China). Así las exportaciones no sólo no tuvieron un repunte excepcional como se auguró, sino que por la rampante recesión mundial, nuestro país –según admitió el mismo Prat Gay en su presentación del presupuesto para el año próximo- tendrá un déficit comercial en 2017, aun cuando las importaciones bajaron muchísimo por culpa de la devaluación y la caída del consumo local. Es decir, la “lluvia de dólares” vía comercial no se produjo ni tampoco con ello se reforzaron las reservas del Banco Central. En segundo lugar, se supuso que con “normalizar” la economía, bajar la inflación y “hacer lo que había que hacer”, las inversiones se multiplicarían y esto sería suficiente para hacer crecer la economía, sin contemplar que en la Argentina –en un contexto como este- los cambios de tendencias del ciclo económico son muy difíciles de producir por el lado de la oferta si la demanda es totalmente descuidada como está ocurriendo, por ello es muy difícil quebrar la inercia contractiva y pasar a la expansión del producto. Además, hay otros problemas que también deben sumarse a estos desacertados diagnósticos iniciales.

En este sentido, para que la estrategia del gobierno de Macri resulte, necesita tener el año próximo una buena validación electoral para que su proyecto político cuente con aires suficientes para subsistir. Para ello, los objetivos de política económica son dos: bajar la inflación y reactivar la economía. Sin embargo, por la dinámica instaurada es prácticamente imposible atender a ambos objetivos a la vez –o acaso a alguno de ellos-, sobre todo si no se quiere descuidar la situación social, hoy en día muy cercana al límite de toda tolerancia. Por un lado, porque si se recrudece el cóctel recesivo y ortodoxo de política anti-inflacionaria aplicado, en el mejor de los casos la suba de precios el año próximo rondará en torno al 20% (cuando este año la inflación será cercana al 50%), sin ser entonces un verdadero “logro” ni alejarse profundamente de los valores en los cuales el kirchnerismo dejó la dinámica de precios. Es decir, aquí no habrá un “éxito”. Por otro lado, si el gobierno priorizara el crecimiento económico para no enfrentar un año electoral con una economía estancada y en retroceso, lo que devendría clave para impedirlo es aumentar de manera fuerte el gasto público y –en parte- devaluar para compensar el atraso cambiario que generó la inflación inicial y para volver a alentar al complejo agroexportador. El problema con estas últimas medidas es que ellas, de implementarse, afectarán de lleno el avance de los precios, volviendo a hacer crecer la inflación y dejándola en un nivel igual o incluso superior al de los años kirchneristas. Además, para financiar un crecimiento abrupto del gasto público con la fuerza suficiente para quebrar la recesión actual, el gobierno necesitará un superávit fiscal que hoy parece imposible de alcanzar, sino que ocurre todo lo contrario: debido a la recesión la recaudación cae mes a mes y se ubica siempre por debajo de la inflación (además, por supuesto, del fenomenal reducción en los ingresos del Estado que implicó bajar y sacar las retenciones). Por lo cual, el famoso epicentro de la “herencia recibida” –el déficit fiscal- hoy en día es más grande que hace un año atrás.

Sin embargo, lo que verdaderamente augura con ser letal para este programa económico es su validación política y su tolerancia social. El gobierno ya echó sus cartas y las mismas representaron un profundo cachetazo para los sectores asalariados y medios, los cuales en muchos casos están invadiendo las calles a fuerza de movilizaciones, protestas y en defensa de sus intereses. El desempleo este año creció y seguirá en aumento hacia el futuro, por lo que en 2017 será muy alto. La estrategia de alentar las inversiones para que crezca la economía es demasiado débil para detener esto: en el “mini Davos”, el foro montado por el macrismo para convocar a grandes empresarios a poner los billetes en el país, sólo se concentró en cuatro sectores (turismo, minería, energía e infraestructura). Ninguno de ellos genera suficiente mano de obra para quebrar la tendencia al desempleo ni a reactivar la economía. Si bien lo podrían hacer las inversiones en infraestructura, el presupuesto para ello es muy acotado para ganar la fuerza necesaria por la caída de la recaudación. Por todo esto, debemos decir que la conflictividad social a pesar de ser muy alta en la actualidad, está lejos de mostrar signos de tregua sino que proyecta un crecimiento exponencial para el futuro. La CGT se acaba de reunificar y promete una política de paros generales seguramente masivos para este año y el próximo, ambos en línea con la CTA y demás organizaciones sociales. La excusa de la “herencia recibida” o de que todo se arreglará mágicamente durante el “segundo semestre” ya no correrá más hacia adelante y también la paciencia contra las medias del gobierno se habrán terminado: la “luna de miel” y el espíritu esperanzador con el que cuentan los gobiernos apenas asumen ya no estarán, amén que los escándalos de corrupción del macrismo escalarán sin pausa. Todavía más: dado este panorama, no estamos muy lejos de que la política represiva del macrismo derive en situaciones violentas, mueran personas y los estallidos se conviertan en masivos. Este gobierno, por su parte, tampoco tiene un sujeto político capaz de respaldarlo cuando la situación se ponga verdaderamente crítica. Ni los medios de comunicación –hoy en día su principal sostén- ni los empresarios serán suficientes para evitar el derrumbe del consenso o la tolerancia hacia el macrismo. Sobre todo porque 2017 es un año electoral y –como todo año electoral en la Argentina- las movilizaciones y la conflictividad social tienden a subir a toda velocidad, porque la oposición se vuelve muy dura y reacia a aprobar proyectos en línea con el programa neoliberal como pretende Macri –ya que el gobierno es minoría en ambas Cámaras del Congreso, por lo que ni Massa ni el peronismo se inmolaran para acompañar, sino que acentuarán su perfil opositor y crítico, volviendo el clima más áspero todavía-. En suma, en 2017 habrá condiciones de todo tipo para que haya explosiones sociales a gran escala con una economía estancada, alta inflación, desempleo en alza y salarios castigados, siendo entonces el cóctel muy difícil de controlar. Es por ello que si no ocurre un verdadero milagro, el año próximo se parecerá demasiado al 2001 argentino y a la salida en helicóptero que lo cerró.