La pelota no se mancha

29.03.17

La pelota no se mancha

“Si hay un pueblo para el que el fútbol, más que un deporte o un mero esparcimiento, es algo así como una necesidad, ése debe ser el argentino. Por sus triunfos a escala internacional, por lo que durante largos períodos significó como único solar de encuentro de todos los compatriotas, por la escuela de disfrute colectivo que implica la rápida apreciación de una jugada excepcional, por la exacta correspondencia entre las señales imaginativas que suele darse sobre la gramilla y la rica inventiva del temperamento nacional, por éstas y muchas otras particularidades que hacen las delicias de los sociólogos, el fútbol forma parte no sólo del espíritu sino del cuerpo de esta pequeña nación que hizo oportunamente de él una razón de existencia, una justificación ante el mundo, un modo de ser alguien.

Y nada de eso está mal. Por algo el fútbol es, en el presente y a escala mundial, el verdadero y casi único deporte de las masas (el béisbol, por ejemplo, que congrega multitudes en países como Estados Unidos, Cuba, Puerto Rico y Venezuela, fuera de esa zona tiene escaso arraigo popular). En definitiva, ¿qué es ello sino un síntoma de la certera intuición popular? Bien jugado, y aún si se lo mide con un rasero poco menos que estético, el fútbol, como espectáculo, como expresión de ajuste colectivo, como cantera de imaginación, no admite paralelo con ningún otro de los deportes modernos. De esa virtud es perfectamente consciente el público de nuestras canchas. Pese a sus euforias y rabietas, pese a sus explosiones y desánimos, el hincha es por lo común capaz de apreciar nítidamente hasta el matiz más recóndito de una jugada complejísima que nace y se desarrolla en una escala de chispazos. El fútbol integra a tal punto la complicada fibra nacional, que cualquier cambio, positivo y sustancial, que se diera próximamente en el país, debería tenerlo fundamentalmente en cuenta, como gusto que el pueblo se ha otorgado a sí mismo, y también como la sana emulación, la saludable práctica que el deporte es, a pesar de las deformaciones y falsificaciones de mercado que hoy padece.

Eso que los cronistas deportivos llaman la crisis del fútbol, es en el fondo la culminación de una soberbia estafa, digitada por políticos y dirigentes (términos que a veces son sinónimos), que se inscribe en la misma deshonestidad esencial que las otras “crisis” (bancaria, frigorífica, etc.) que desfilan por los titulares, y en las que siempre los cultores del timo son aproximadamente los mismos. Y al igual que en las otras crisis, en la del fútbol también el pueblo es el único estafado”.

Estos párrafos que dan la impresión de describir la cruda actualidad, fueron redactados por el escritor uruguayo Mario Benedetti y publicados por el semanario Marcha el 23 de julio de 1971. Lo único que se modificó para el presente reciclaje fueron los términos uruguayos y orientales por argentinos y compatriotas, nada que llegase a modificar en sustancia el artículo.

Después de casi cincuenta años sólo se modificaron dos palabras –y por mero tema geográfico-, cincuenta años y todo sigue igual o peor. ¿No será momento de parar la bocha, levantar la cabeza y enfriar un poco el partido y hacerse algunas preguntas? ¿Cuál es la situación actual del fútbol argentino? ¿Cuál es el vínculo, si es que lo hubiese, con las otras crisis que atraviesa el país?  

El fútbol es el reflejo de la sociedad, o mejor dicho parte y cómplice de ella. Si “la picardía criolla” se jacta del bidón de Branco en el mundial del noventa, ¿cómo emprender la ardua tarea contra “el vale todo” o “el sálvese quien pueda” esgrimidos por el neoliberalismo? Mientras el lema nacional sea “ganar a cualquier precio”, el partido parece complicado.

Pero, basta de esconder la pelota cerca del banderín del córner para ganar tiempo y esperar el pitido final del árbitro. Hagamos pases, hilvanemos jugadas y encaremos los problemas. No hace falta tener mucha memoria para recordar algunos episodios/papelones esgrimidos por la casa matriz del futbol argentino: Clubes quebrados –huelga de jugadores mediante- a pesar de los cuantiosos números de Futbol Para Todos, las elecciones empatadas en 38 –cuando había 75 asambleístas-; las polémicas conversaciones telefónicas del actual Presidente del club Boca Juniors y Vice del Colegio Público de Abogados de Capital Federal, Daniel Angelici, con Fernando Mitjans, miembro del Tribunal de Disciplina, y con el por entonces presidente de la AFA, Luis Segura. También cabe recordar, aunque un poco más lejano en el tiempo, las escandalosas definiciones del campeonato local en el 2009 y la final de la Copa Argentina, en 2015.

Ahora que nos estamos parando mejor en el campo de juego y empezamos a manejar la pelota, se me vienen otros recuerdos a la cabeza: La creación de la ONG Hinchadas Unidas Argentinas, allá por el mundial del 2010; la causa contra Alejandro Burzaco, CEO de la productora Torneos y Competencias (TyC), Hugo Jinkis, presidente de Full Play International TV S.A y su hijo, por coimas con referencia a los derechos de televisación… Mejor me freno acá, que después me quedo sin aire y no puedo volver a defender –cabe reconocer, que en los tiempos actuales donde el técnico pide más sacrificio, no es una posición fácil la de wing derecho, sino pregúntenle a Fontanarrosa-.

Mientras todo eso ocurre sobre el verde césped, cabría la pena mirar un poco hacia la tribuna y saber si la están pasando bien los hinchas; más que nada porque son ellos quienes pagan la entrada para ver todo este circo en el que se trasformó nuestro querido deporte nacional. A simple vista el panorama en la popular no parece muy alentador, ya nadie canta y los bombos casi no resuenan. ¿Será que los aficionados estarán hablando de los 1.400.000 de nuevos pobres que hay en la Argentina, según el último informe de la Universidad Católica Argentina (UCA)? o ¿Del bono de que la Gobernadora Vidal ofreció a los docentes carneros que no se adhieran al paro docente? o ¿De la situación del Hotel Bauen? O ¿De la suspensión de la personería jurídica a los Metrodelegados? Efectivamente parece que el público, aunque muy apasionado por los colores de su camiseta, tiene algunas otras cosas en que pensar además de si su equipo juega con dos líneas de cuatro o no.

El partido se está terminando, el cuarto árbitro está levantado el cartel lumínico para informar cuantos minutos se adicionarán, ya es tiempo de cierre y empezar a tirar centros al área rival. Mientras la platea siga aplaudiendo más un despeje al lateral que un caño, mientras el otro sea un rival y no simplemente alguien que alienta otra camiseta, mientras la prensa cuasi monopólica criminalice los reclamos sociales y esconda la corrupción de arriba, mientras se plantee bajar la edad de imputabilidad… “la caprichosa”, como la bautizó Quique Wolff, seguirá desluciéndose, al igual que las esperanzas por forjar un país con mayor equidad, justicia social y solidaridad. ¿Acaso será nuestro destino solo seguir juntándonos todos cada cuatro años, frente a una pantalla de televisión, para ver el mundial, en vez de encontrarnos todas las semanas en una marcha o en una asamblea popular para intentar torcer la historia?   

Llámenme iluso o soñador, pero nadie me quitará la ilusión de meter un gol en el último minuto y llevarme los tres puntos a casa. No soy obtuso, reconozco que el partido no se juega solo en Argentina y Uruguay, y que el contrincante –para no llamarlo solo neoliberalismo- posee muchos aliados poderosos e influyentes, pero también sé que si bien falta mucho por hacer, la esperanza y la voluntad no se negocian; y el único partido que se pierde seguro es el que no se juega.

Esperemos que dentro de cincuenta años no sea necesario escribir otro artículo sobre esta temática más que para analizar un hecho histórico.