La crisis nicaragüense en perspectiva centroamericana

08.09.18

La crisis nicaragüense en perspectiva centroamericana

Crisis en Nicaragua

Con más de tres meses de estar inmersa en un ciclo de violencia y represión, Nicaragua ha vuelto a ser noticia mundial. La población movilizada se está llevando la peor parte de la escalada violenta y está sufriendo la mayor parte de los ataques y muertes. Sin embargo, las distintas organizaciones sociales siguen resistiendo y la ciudadanía autoconvocada continúa saliendo a las calles a exigir justicia y cambios.

A pesar que el contexto cambia con cada tragedia que va pasando y es complicado desenredar todos los intereses que están en disputa, no queda duda que el gobierno ha llegado a un grado de perversión sin precedentes en décadas. El desate de una represión despiadada está sostenido por la consolidación del autoritarismo familiar que se ha venido construyendo en los últimos años, cobijado bajo un contorsionismo ideológico que ha pretendido retorcer la historia y los valores políticos del sandinismo.

Las recientes acciones violentas de parte del gobierno, que le permitieron la recuperación de los territorios controlados por los tranques, han conseguido replegar la movilización permanente. En el último mes, Ortega, con actitud recargada y confiada, ha aparecido en más entrevistas internacionales que en prácticamente los diez años de gobierno, apelando una vuelta a la normalidad. Lejos de eso, se ha activado un mecanismo de represión selectiva, y se mantienen las iniciativas de persecución e intimidación en distintos sectores del país. Aunque se dice que el régimen orteguista ha llegado a un punto de no retorno, no se sabe cuánto más va a durar y cuántas vidas más va a costar esta situación.

¿Una salida centroamericana?

La región centroamericana no es ajena a lo que acontece en el contexto nicaragüense. Se trata de una subregión con altos niveles de integración económica, desplazamientos demográficos y procesos históricos compartidos. Por lo tanto, muchos de los desafíos de cada país están interrelacionados y una amplitud de problemas son comunes al resto de la región.

A partir de lo anterior, podemos argumentar que es altamente probable que la situación nicaragüense, contribuya en la agudización de graves problemas centroamericanos como lo son la violencia generalizada (principalmente en el triángulo norte), las altas tasas de migración, los bajos niveles de crecimiento económico con amplias desigualdades y porcentajes de pobreza que, con excepción de Costa Rica, destacan por sobre el resto de América Latina.

Dentro de ese marco, se puede asegurar que la salida de la crisis en Nicaragua es un asunto de interés -humanitario, político y económico- para toda la región centroamericana. Y, por lo tanto, es válido preguntarse si existen las oportunidades y cuáles son límites de la acción colectiva entre los países para abordar la situación.

En principio, una salida con participación activa de la región centroamericana, debe contribuir a lograr el objetivo urgente de la paz en Nicaragua. A través del impulso del sentido de la integración y el fortalecimiento la soberanía de la región frente a los intereses, especial pero no exclusivamente estadounidenses, que en este momento están en disputa en Nicaragua. De manera de buscar que la salida de la crisis nicaragüense, sea también un avance en el camino de fortalecer la democracia y el desarrollo en toda nuestra región.

Sin embargo, en el ajedrez de las relaciones al interior de la región, la construcción de una posición y estrategia conjunta está lejos de ser un camino sencillo. En primer lugar, debido a la deteriorada legitimidad de los gobiernos de la región. Principalmente en el caso de Guatemala y Honduras, que llevan años experimentando distintos niveles de inestabilidad institucional y corrupción generalizada.

Asimismo, en los dos países anteriores, junto a Panamá, es donde se evidencia más la tendencia hacia la subordinación de la región a la influencia estadounidense. En ese sentido, las acciones aisladas de estos gobiernos, difícilmente tienen un impacto en la correlación de fuerzas en disputa. Más aún, con astucia y cinismo, Ortega ha sido capaz de “interpretar” declaraciones y posturas de los gobiernos mencionados, como muestras de la injerencia de los Estados Unidos y sus aliados.

En ese sentido, aunque son valiosos los acompañamientos a los llamados de cesar la represión y respeto a los Derechos Humanos por parte de estos gobiernos. Y, sobre todo, el  legítimo reclamo de la ciudadanía de estos países es una muestra de solidaridad centroamericana. Sin embargo, pensamos que una salida regional tiene a los gobiernos de Costa Rica y de El Salvador como actores con mayor potencial estratégico dentro de la subregión.

En el caso de Costa Rica, se trata de un país mundialmente reconocido su vocación pacifista y, en el contexto latinoamericano reciente, también por el papel relevante que jugó en los procesos de resolución de conflictos armados centroamericanos del siglo pasado. Sin embargo, las relaciones diplomáticas entre Costa Rica y Nicaragua siempre han sido tensas, principalmente por las disputas políticas derivadas de sus intereses fronterizos y migratorios. Y, sobre todo estos últimos, sin duda tienen incidencia en las motivaciones costarricenses por la solución de la crisis nicaragüense.

Por lo tanto, si bien se puede esperar un importante protagonismo del gobierno costarricense para sumar solidaridades internacionales (algo que, por cierto, ha venido motivando en algunos foros), y aportar legitimación a un proceso de salida, es difícil pensar en que el gobierno de este país tenga posibilidades de participar en la mediación y, principalmente, de ser un interlocutor válido para el gobierno orteguista. Es allí donde emerge el factor salvadoreño como un elemento clave de la salida y solución en el corto plazo.

Factor salvadoreño: El Frente en la encrucijada

El gobierno salvadoreño es, probablemente, el actor centroamericano con más potencial para funcionar como un factor internacional que aglutine internamente a la región y contribuya a un proceso de mediación y salida de la crisis en Nicaragua en el corto plazo. Esto es así, principalmente, por las conocidas relaciones bilaterales y confianza mutua que existe entre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) -y, por lo tanto, el gobierno salvadoreño- y el orteguismo. Es difícil pensar que exista un actor centroamericano que cuente con más confianza por parte de Ortega.

Sin embargo, hasta la fecha, la dirigencia del FMLN ha formado parte de la (irresponsable) defensa acrítica y apoyo incondicional al régimen, promovida por una cantidad reducida de gobiernos de América Latina (quienes han asumido una posición que, indefectiblemente, tendrá que ser reclamada por los pueblos de la región). Algo que, sin dudas, oscurece las posibilidades del gobierno salvadoreño para contribuir a la salida de la crisis en Nicaragua.

No obstante, la dirigencia partidaria, si bien conserva su poder formal, recientemente ha sido fuertemente golpeada por la opinión de la militancia en particular y de la izquierda en general. Algo que permite inferir que sus posiciones no son necesariamente dominantes entre la comunidad del Frente. Asimismo, a pesar de los grados de libertad que tienen los dirigentes del partido para defender a Ortega, el candidato presidencial, Hugo Martínez, es reconocido por su experiencia en relaciones internacionales y sus posiciones moderadas. En ese sentido, aunque todavía no se ha atrevido a criticar directamente las acciones del régimen nicaragüense, ya ha expresado distancias respecto a las opiniones de los dirigentes del partido.

Si bien del FMLN no puede ni debe esperarse una condena explícita o un ataque frontal al orteguismo, sí está dentro de sus posibilidades emitir una posición crítica y una aproximación diferente a la situación. Es decir, un acercamiento como un actor capaz de facilitar la comunicación con el gobierno de Ortega, para promover un proceso de resolución de la crisis. Esta posibilidad se sustenta en dos elementos identitarios del partido: en primer lugar, la ya mencionada confianza entre el FMLN y Ortega. En segundo lugar, las credenciales de respeto a la institucionalidad democrática y vocación por la resolución pacífica de conflictos que ha demostrado el Frente salvadoreño.

Por otra parte, por la relevancia mundial y la proximidad e intensidad del conflicto, es de esperarse que las posiciones respecto a lo que acontece en Nicaragua sigan teniendo algún peso en la disputa electoral en curso en El Salvador. En ese contexto, tanto ARENA como Nayib Bukele han expresado condenas al gobierno de Nicaragua. A lo que se suma el rechazo ciudadano a la represión y la violencia política ejercida por Ortega, que ha sido amplio entre la población salvadoreña.

Lo anterior hace pensar que debiese existir un debate interno sobre el interés electoral, por parte del Frente, para salir del aislamiento en el que ha quedado internamente respecto al tema nicaragüense. Un aislamiento que, dicho sea de paso, ha sido aprovechado por los medios de comunicación y que se refuerza por los bajos niveles de aprobación del gobierno y los bajos rendimientos en las encuestas hacia las elecciones presidenciales de 2019.

Por lo tanto, ya sea por simple cálculo electoral o como resultado de una necesaria y coherente autocrítica, el FMLN y su candidato, deberían recapacitar sobre la irresponsabilidad que están cometiendo, al dejar de condenar la represión controlada desde el Estado nicaragüense. A la vez que están desaprovechando la oportunidad de contribuir a la salida de la crisis, que tiene como principal protagonista al pueblo nicaragüense que, siguiendo su tradición revolucionaria, demanda un cambio político urgente, con justicia y democracia.

Al fin y al cabo, se trata de dos pueblos que, a través de toda su historia, han luchado juntos contra las dictaduras y a favor de la democracia en Centroamérica. Una historia que bien haría el FMLN en ratificar. Para honrar y estar a la altura del espíritu de hermandad entre estos dos países, de su propios principios partidarios y de la histórica solidaridad nicaragüense con el pueblo salvadoreño.

 

Luis Bonilla Ortiz-ArrietaEconomista y Magíster en Estudios Políticos  y Sociales Latinoamericanos, Universidad Alberto Hurtado (Chile)