La “Copa de las manifestaciones”: viejos problemas sobre nuevos escenarios

04.07.13

La “Copa de las manifestaciones”: viejos problemas sobre nuevos escenarios

[Por Lucas Benielli] Las movilizaciones ocurridas durante junio de 2013, en el contexto de la “Copa de las Confederaciones”, suponen un quiebre en las formas de lucha y protesta del pueblo brasilero. Entre la herencia del pasado reciente y las nuevas generaciones de ciudadanos, las marchas multitudinarias presionan para resolver las deudas pendientes del país que se proyecta como potencia ascendente.

Como un rayo que cayó de un cielo sereno, los hechos de movilización y protesta masiva ocurridos en Brasil durante el mes de junio dejaron, tras su paso, a un montón de analistas y opinólogos sumidos en la perplejidad. ¿Pasó todo de repente, nadie lo esperaba? El lugar común que considera al pueblo brasilero como poco afín a tomar la calle y confrontar directamente ahora debe matizarse, al menos después del movimiento que tuvo lugar en estas últimas semanas y cuyos ecos sugieren que se trata apenas de un comienzo. 

La coyuntura: el país más grande y ciertamente más desigual del continente, pero a su vez el de mayor inserción en la geopolítica mundial y aspirante a una de las máximas potencias en los próximos años, se prepara a los tumbos para celebrar la competición de fútbol más famosa y lucrativa; el evento exige invertir una porción considerable de capital con el fin de poder llevarlo a cabo, así comopara satisfacer los intereses de la entidad que lo organiza; detrás, un pueblo que vivió avances notorios en sus últimos años pero que aún tiene deudas pendientes, algunas tan grandes como el territorio que habita. La Copa de las Confederaciones, ensayo pre-mundialista que inició a mitad de junio y que acaba de finalizar, sirvió de contexto para expresar las múltiples demandas de cientos de milesde jóvenes brasileros, en un momento único en la historia de Brasil. Ante la imagen pública y los ojos del mundo, este país que busca su lugar entre los grandes de los grandes debió exponer sus escalas profundas de grises. 

La primera manifestación de junio se dio el jueves 6 en San Pablo, donde unas dos mil personas se congregaron para protestar por el aumento de veinte centavos del pasaje de transporte colectivo, decisión común en la mayoría de los estados brasileros con el objetivo de afrontar los costos del evento deportivo. Una semana después, y motivados por las convocatorias que se hacían desde las redes virtuales, el número de manifestantes se incrementó a más de cincuenta mil en esa ciudad, y se replicaron a su vez en otras capitales. Vino entonces la fuerte y tradicional represión por parte de la Policía Militar, inicialmente cubierta —en el sentido de protegida, no de informada— por los medios de prensa hegemónicos, y una profusión de imágenes de estos hechos que circularon por internet y que terminaron por encender la mecha para una explosión inusitada de descontento popular. El día 15, en la apertura de los juegos, la presidenta Dilma fue abucheada en el estadio Garrincha —en Brasilia— por la mayoría de quienes presenciaban el partido inicial. Otras manifestaciones, cada vez en mayor magnitud, suceden durante esos días y complejizan el movimiento ya desbordando su primer reclamo unitario.

El jueves 20 marcharon más de cien mil personas en San Pablo, al igual que en otras ciudades, y unas trescientas mil en Río de Janeiro: sumadas entre los más de cuatrocientos lugares en que hubo protestas, la cifra asciende a 1.250.000 manifestantes. Para este momento, el mencionado aumento en el transporte público había sido revertido en la mayoría de las ciudades en que fue decretado. En paralelo, las protestas ya habían perfilado demandas más amplias y extensivas a la sociedad en su conjunto, tales como mejorías en los sistemas educativo, de salud y de transporte, así como críticas a la estructura del sistema político, a la corrupción de los funcionarios públicos e inclusive al rol de los grandes medios de comunicación —que instrumentaron un giro notable en la cobertura, ahora afín a desprestigiar al gobierno—, a pesar de que hacia el 20 se comenzó a disputar el propio sentido de las marchas. Todo entreverado con el otro evento, el futbolístico, y acompañado de momentos de violencia y represión en aquellos sitios en que se disputaban los partidos del equipo local, tornando más urgente una respuesta por parte de los gobiernos respectivos, y principalmente de la presidenta, quien salió a ofrecer promesas de reforma e inversión conforme las demandas populares, lo que todavía está en veremos.

Las protestas de junio, vale aclararlo, tienen su origen en los meses previos e incluso en años anteriores, como el que lleva adelante el Movimento Passe Livre, vinculado con las tarifas de transporte público. Sin embargo, las protestas consideradas en conjunto aluden a ciertos problemas estructurales en la historia reciente de Brasil. La enorme indignación popular respecto de la actuación de la Policía Militar durante las marchas, con sus consabidas represiones y detenciones rozando lo ilegal, remite a las épocas de falta de libertad ciudadana y los años de la dictadura; una institución que opera de manera impune y que, en el caso de Río, responde a la violencia endémica del tráfico de drogas en las favelas con asesinatos generalizados para mantener un orden siempre tenso y precario.

A su vez, el sistema de gobierno heredado de la transición democrática a mediados de los ochenta supuso la continuación de una práctica habitual en la política brasilera, marcada por los pactos intra-elites y las coaliciones en la cúspide que condicionan los procesos de cambio —de las que ni el propio gobierno petista escapa—, así como la posible integración de instancias democráticas provenientes de los colectivos populares. Estructura que está permeada de numerosos casos de corrupción, como el episodio que costó el impeachment  a Collor de Melo y que amenazó también al propio Lula, pero que se revela extensivo para gran parte del arco político brasilero y que constituye una de las luchas corrientes por parte de los ciudadanos.

Entre las rémoras del largo pasado dictatorial, entre las manifestaciones en pos de un sistema democrático favorable a las mayorías —que se hilvana en cierta forma con el denominado movimiento del Diretas Já en los años 83-84—, y bajo la denuncia constante de la corrupción política, es que se desenvuelven los acontecimientos del presente. Los hechos fueron protagonizados por una nueva generación de jóvenes, quienes finalmente fueron capaces de ganar la calle, confrontar directamente a las autoridades y presionar al gobierno para la promesa de una revisión integral del sistema político y sus prioridades.

La propia situación del PT al respecto, partido que llegó al poder como la contracara del período neoliberal —y que si bien avanzó profundamente en cuestiones sociales, mantiene aún vigentes algunas estructuras de los años anteriores—, complejiza aún más el panorama. Durante los días de mayor movilización, circuló una carta de los movimientos sociales dirigida a Dilma en la que, al tiempo que se resaltó la voluntad popular en los resultados electorales de los últimos años,  se le solicitó directamente un avance en la participación del pueblo en los asuntos políticos. El martes 25, Dilma propuso un plebiscito popular que fue prontamente resistido por esos mismos espacios que se denuncian; habrá que seguir atentos al avance o retroceso de dicha posibilidad. Por su parte, para el próximo 11 de julio las principales centrales sindicales, junto con el MST, convocaron para una jornada de luchas bajo una plataforma que sintetiza las demandas más resonantes de las movilizaciones en los días pasados. 

Si bien resulta prematuro elaborar conclusiones sobre un proceso que está cobrando densidad en el mismo momento que se piensa, puede señalarse el carácter disruptivo y central de los acontecimientos ocurridos en el mes de junio, así como los desafíos que se imponen a futuro en un país que debe conciliar el progreso y la trayectoria de potencia ascendiente con las deudas sociales que comenzaron a atenderse, pero siguen siendo urgentes. Los eventos que tuvieron lugar durante la ya denominada “Copa de las manifestaciones” han sido capaces de instalar estos problemas en la agenda pública, de poner en primer plano la otra cara del Brasil de los milagros. Y, tras la flamante victoria del seleccionado local en dicho torneo, todo amerita a suponer que la fiesta del mundial en el 2014 estará permeada por el recuerdo de estas semanas de protesta, tal como por la posibilidad latente de otras sucesivas. 

 

Sumario

1. Presentación [por Lucas Benielli y Pablo Vommaro].

2. La “Copa de las manifestaciones”: viejos problemas sobre nuevos escenarios [por Lucas Benielli]

3. Brasil se despertó [por Leandro Morgenfeld]

4. Estallido y expansión de las protestas de junio en Brasil [por Salvador Schavelzon]

5. Millones de voces, un solo grito de los que no duermen [por André Mascarenhas Pereira]

6. Brasil: más democracia, más derechos [por Pablo Gentili]

7. Reportaje a João Pedro Stedile [por Brasil de Fato]

8. Reportaje a Marisa Feffermann [por Pablo Vommaro]