GRUPO PUEBLA: UNA NUEVA ALIANZA PROGRESISTA PARA AMÉRICA LATINA

GRUPO PUEBLA: UNA NUEVA ALIANZA PROGRESISTA PARA AMÉRICA LATINA

El Grupo de Puebla apareció en julio de este año como una bocanada de aire en un contexto oprimente, en el México de López Obrador, ese que hoy vuelve a destacarse como asilo político de los perseguidos por las clases dominantes latinoamericanas. Actualmente, junto con el protagonismo de las movilizaciones del pueblo ecuatoriano y en especial del impacto de los levantamientos en Chile – reino de la exaltación del éxito del neoliberalismo en América Latina- esta reunión de líderes políticos también se cuenta entre los sucesos que abren camino.

En estos días de convulsión, conmoción y preocupación, no podemos dejar de  celebrar la reunión del Grupo de Puebla en nuestro país. Los terribles sucesos de Bolivia, que venían preanunciándose a lo largo de la última semana, son un golpe al corazón de nuestras conquistas latinoamericanas. El continente, una vez más, está intensamente disputado por las potencias hegemónicas y su predominio en las distintas áreas económicas; y a la vez vive un recrudecimiento de los conflictos internos que se expresan en sociedades duramente divididas ideológicamente. En algunos casos esas diferencias se entrelazan con otras de raigambre histórica, étnica, observándose una cruel violencia contra sectores subalternos, dirigentes sociales, disidencias, y abriendo paso a un golpe de estado -pero también a gobiernos surgidos de elecciones- de carácter no solo clasista sino racista y xenófobo.

El Grupo de Puebla apareció en julio de este año como una bocanada de aire en un contexto oprimente, en el México de López Obrador, ese que hoy vuelve a destacarse como asilo político de los perseguidos por las clases dominantes latinoamericanas. Actualmente, junto con el protagonismo de las movilizaciones del pueblo ecuatoriano y en especial del impacto de los levantamientos en Chile – reino de la exaltación del éxito del neoliberalismo en América Latina- esta reunión de líderes políticos también se cuenta entre los sucesos que abren camino.

Desde el inicio el grupo se planteó en contraposición respecto del viraje conservador de las relaciones internacionales continentales: vuelve a enarbolar la Unasur -que tanto serviría en esta situación acuciante para los hermanos y hermanas de Bolivia- contra el vergonzante Prosur; se distancia del Grupo de Lima creado en 2017 bajo la órbita de Estados Unidos –contraponiendo su nombre para mostrar la contradicción- y expresa la voluntad de convertirse en un contrapoder frente a los gobiernos de derecha.

Alberto Fernández, presidente electo y anfitrión de la reunión, ya fue caracterizado por BBC News como el “líder de la izquierda latinoamericana”[1], y eso se replicó en varios medios internacionales y locales. ¿De qué nos habla esa caracterización que podría ser polémica? Hace ya varios años, en 2013, mientras estaba terminando un libro y en pleno gobierno de Cristina Fernández, intentaba afirmar que no sólo había que juzgar los procesos y la política exterior a la luz de lo que consideráramos deseable para nuestras naciones, y respecto de los debilidades o limitaciones, sino que había que estar atentos a la reacción que esas transformaciones provocaban. Que ese elemento era un aspecto central para tener en cuenta, a la hora de medir la importancia de las medidas implementadas por los heterogéneos gobiernos que impugnaron el neoliberalismo en los inicios del siglo XXI: Chávez en Venezuela, Lula da Silva y luego Dilma Rousseff en Brasil, José Mujica en Uruguay, Néstor Kirchner y Cristina Fernández en Argentina, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. Hoy, el espectro se ha corrido de tal modo, que las posiciones de Fernández en el Grupo de Puebla se erigen para los poderosos como una voz contestataria. Eso da cuenta de que lo son, no importa si como quisiéramos, si lo suficiente, pero lo son de hecho, y eso se mide por la reacción.

Los espacios de relativa autonomía -vuelvo a decir, heterogéneos- construidos en aquél contexto, denostados por muchos y muchas -y a veces con justas razones- como conciliatorios y hasta contradictorios, generaron una fuerte reacción por parte de los poderes hegemónicos. Los líderes fueron acusados de autoritarios, y sus medidas de aislacionistas y anacrónicas. Atacados duramente por corporaciones de medios y víctimas del uso del poder judicial para horadar sus bases de apoyo, utilizando causas -con distinto grado de verosimilitud- pero llegando incluso a encarcelar a través de procedimientos viciados.

Esos gobiernos fueron la resultante de un proceso de auge de las movilizaciones sociales contrarias a las políticas neoliberales. El único que lo fue en sentido directo fue el de Evo Morales, pero incluso el resto, se erigieron a partir de la búsqueda de respuestas a las demandas sociales acuciantes. La primera lección: solo la movilización y la organización social posibilitan y garantizan las conquistas de los pueblos. La segunda: existen gobiernos que por razones diversas -afinidad, convicción, pragmatismo, estrategia, legitimidad, etc- están dispuestos y/o obligados a atender esas demandas, y son más fuertes cuando lo hacen colectivamente. Así fue durante la primera década del siglo XXI. La ecuación entre una y otra es objeto de debate, al igual que las limitaciones que abrieron espacio a la revancha de los conservadores, pero los resultados macroeconómicos y en términos de derechos consagrados, son evidencia empírica.

Nuestro continente, en especial el Cono Sur, va tiñéndose en forma conjunta, por oleadas, a lo largo de nuestra corta historia. La coincidencia de los líderes políticos que permitió mayores espacios de autonomía para la región no es un elemento menor, y jugó un rol central en el marco de instituciones frágiles, atravesadas por las constantes disputas de intereses y las dificultades de consolidación que genera la propia dinámica de la dependencia. Quizás por eso se afirman esos líderes con cualidades personales, de difícil sucesión.

En el riesgo de teñirse de conservadurismo, racismo y xenofobia, la existencia de referentes políticos dispuestos a discutir en el plano de las dirigencias la posición internacional de América Latina constituye un fenómeno relevante. No se trata de un foro de países como lo fueron el Grupo de Río o Contadora, ni de partidos y movimientos como el Foro de San Pablo que tan importante fue en su impugnación de la avanzada estadounidense en los noventa, ni tampoco de personalidades que detentan todas una investidura institucional vigente. Sin embargo, expresan corrientes ideológicas, que aunque pareciera que su principal acuerdo es defensivo (en sentido de que su organización es por oposición al avance de políticas que denominan neoliberales y conservadoras) conforman un espacio más de construcción alternativa que avanza en su carácter propositivo. Abreva en esas experiencias históricas pero es un nuevo espacio de coincidencias individuales. Varios de ellos han sido presidentes y una presidenta: Dilma Rousseff, Fernando Lugo, José Mujica, Ernesto Samper, Leonel Fernández y José Luis Rodriguez Zapatero, pero en términos generales, los convoca ser oposición progresista -término que eligen para identificarse- a la nueva ofensiva neoliberal. Candidatos presidenciales de oposición también cuentan entre los participantes: de Chile se destaca Marco Enriquez Ominami, de Brasil Fernando Haddad  y entre los uruguayos se suma el actual candidato del Frente Amplio Daniel Martínez.

La declaración incluye posicionamientos claros: la lucha a favor de la igualdad social, la igualdad de género, la sustentabilidad ambiental y la profundización de la democracia[2]. Incorpora la importancia del desarrollo científico y tecnológico, un debate que fue central en la política para pensar la autonomía en la década de 1970, pero que producto de la avanzada neoliberal había quedado prácticamente fuera de la política pública. Hace referencia a una disputa global entre los Estados Unidos y China como la predominante, pero no la única, proponiendo un “no alineamiento activo”, como estrategia política internacional, donde la integración regional tiene un rol central. Viniendo del alineamiento descarado de Mauricio Macri, no es poca cosa. Incluye además una especie de autocrítica, de ejercicio de conciencia sobre límites y errores de gestiones pasadas. Allí se afirma que “aparecemos a menudo como una fuerza eficaz para repartir pero menos buena para crecer”, que deja en claro que la inserción primario exportadora, basada en modelos extractivistas no es un camino posible.

Por afinidad personal rescato la parte donde dice: “El Grupo de Puebla se siente parte de la larga marcha de nuestra América Latina por su liberación”. Esa frase alude a aquél momento en que los países del continente ensayaron de diversos modos estrategias que impugnaron el rol de los Estados Unidos en la región. El período entre fines de los años 60 y la primer mitad de los 70, cuando se puso en discusión la Organización de los Estados Americanos e incluso el Tratado Interamericano de Defensa, ese que acaba de ser oprobiosamente activado contra Venezuela.

En un contexto donde pocos países condenaron el golpe de estado en Bolivia, la declaración de estos 30 líderes de 12 países no es algo menor. No son la garantía, el camino siempre será la organización y la lucha de las mayorías. Pero el Grupo de Puebla es una pieza más y clave, en un tablero donde los protagonistas continúan siendo los pueblos latinoamericanos, herederos de la Independencia.

 

[1] Ver Pardo, Daniel https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-50355048

[2] Declaración completa: https://drive.google.com/file/d/1Oz8jhT9tSy1Ocyu0UTLGJzJMjonpVymL/view

 Artículo publicado en la Revista Bordes: http://revistabordes.com.ar/una-nueva-alianza-progresista-para-america-latina/?fbclid=IwAR3frv2eTGi_yKD1QBg6Ppv3KR6Cq432q85aJjPylgmI17k3SIZ4N9n-wzU