En Centroamérica, ¿cuál es la ruta?

19.08.15

En Centroamérica, ¿cuál es la ruta?

El fenómeno de indignación ciudadana, compartido tanto por el pueblo guatemalteco como por el hondureño, sirve para la reflexión de Luis Bonilla acerca de la situación presente en Centroamérica y los caminos que de allí se desprenden.

El pueblo centroamericano está en movimiento. Representado principalmente por los miles de ciudadanos y ciudadanas de Guatemala y Honduras, que han salido a las calles y que despiertan la solidaridad de toda la región.

Los casos de enriquecimiento ilícito de altos funcionarios del gobierno de Guatemala y el financiamiento irregular de campañas políticas con fondos de la Seguridad Social en Honduras, han desatado enormes manifestaciones demalestar en ambos países.

A estos casos de corrupción se les suman en la región otros ampliamente abordados por la sociedad centroamericana. Por ejemplo, el caso del ex presidente de El Salvador, Francisco Flores, y el desvío de fondos de cooperación de Taiwán, y la concesión de los derechos de construcción del canal en Nicaragua a un empresario chino por parte del gobierno de Daniel Ortega.

Las consignas que exigen terminar con la corrupción han producido la unidad del pueblo, que despierta de la experiencia fósil de las insuficientes democracias electorales representadas por una clase política tradicional en decadencia. Que si bien vence en elecciones, cada vez convence menos.

Frente a esta, tiene lugar un proceso de activación de la ciudadanía. Tomándose los espacios para participar activamente,se exige con indignación terminar con la corrupción. Entendida como la apropiación privada a través de la desposesión,de aquello que pertenece al pueblo.

¿Cuál es la ruta? se pregunta a gritos en Honduras.De todas las fisuras estructurales del modelo consumista de promoción de importaciones,administrada por una élitetradicionalmente alejada de la ciudadanía, ha sido la corrupción la que ha despertado las grandes manifestaciones de indignación popular.

Una corrupción de gran escala, como la ha denominado el PNUD. Donde la utilización del poder en beneficio de intereses privados ha jugado un papel importante en los procesos de mercantilización de nuestras sociedades.Que a la vez que produce beneficio privado para algunos, priva de sus derechos a una gran parte de la población.

A través de la indignación se genera un proceso de irrupción de una ciudadanía consciente que si le damos más poder al poder, más duro será conseguir los cambios. Con las movilizaciones se demuestra que por lo que hasta hace pocoestaba establecido que debíamos resignarnos, hoy no solo es imperante luchar, sino que también aparece la posibilidad de lograr cambios efectivos.

En la calle se  están disputando los espacios que institucionalmente han estado reservados para unos pocos. Se amplían los límites de lo posible. Y va quedando al descubierto que mucho de lo que se disfraza como proyectos para el bienestar social, funciona según intereses particulares.

El despertar es indudable, pero la forma y velocidad con que este proceso se desenvuelva, todavía está por verse. Sin embargo, a medida avanza la presión social sobre las instituciones, se van evidenciando las conexiones entre las fisuras por las cuales nuestras sociedades se desaguan.

En ese sentido, es crucial que la indignación se encamine por la ruta de la politización de la ciudadanía. Entendido comola búsqueda por ir abriendo paso a la democracia. Para trasladar a los ciudadanos el poder de decidir sobre lo que ahora se decreta en los reducidos espacios donde solo participan las élites administradoras de nuestras sociedades.

Junto con el incremento de la movilización, las condiciones objetivas de desigualdad y exclusiónque atraviesan a nuestra sociedad, con manifestaciones cotidianas en la vida de las mayorías, como la violencia, la migración y la pobreza, deben ir revelando las causas estructurales de nuestros fracasos sociales para garantizar el bien común.

En el fondo, hoy está en juego una oportunidad para avanzar en cambios profundos para la construcción de sociedades de derechos. Para decidir sobre nuestro destino, a través de la conquista derechos que permitan ampliar las dimensiones en que nos relacionamos en condiciones de igualdad. Estamos frente a unaposibilidad de cambiar de ruta hacia nuevos horizontes de justicia social.

En gran medida dependerá de la forma en que la indignación por la corrupción institucionalizada y de gran escala,sea detonante de la articulación de nuevas demandas políticas. Paradejar al descubierto la imposibilidad del sistema actual para pensar un futuro diferente.

La garantía de una nueva sociedad es que la ciudadanía tome control de las decisiones. Lo que hoy sucede en Centroamérica no son hechos aislados dentro de nuestros modelos de sociedad excluyentes. Las causas nos fueron cercando y la indignación que hoy moviliza a nuestros pueblos es una oportunidad para abrirnos paso hacia las transformaciones sociales democráticas que han estado históricamente pendientes.

 

Luis Bonilla es salvadoreño, egresado de la Universidad Centroamericana (UCA, El Salvador). Director Operativo de Techo para América Latina.