Colombia y los desafíos de las democracias latinoamericanas

18.10.16

Colombia y los desafíos de las democracias latinoamericanas

Presentamos a continuación un Dossier que busca continuar los análisis en torno al proceso de paz en Colombia y los resultados del Plebiscito del 2 de octubre. Ante el protagonismo juvenil que tomaron las movilizaciones por la paz posteriores a la votación, decidimos convocar a cuatro jóvenes colombianos –dos que viven en Colombia y dos que viven y estudian en la Argentina- a que escriban unas líneas con sus impresiones e interpretaciones sobre lo sucedido y las perspectivas que se abren. Asimismo, Pablo Vommaro, quien coordina este Dossier, nos brinda un análisis del plebiscito y los desafíos que se plantean para Colombia y para la región.

El Plebiscito por la paz realizado en Colombia el pasado domingo 2 de octubre dio por resultado un triunfo del no por un ajustado margen. Esta opción tuvo el 50,22% de los votos (6.430.968) frente al 49,77% de personas que votaron por el si (6.374.728 sufragios). Sin embargo, uno de los datos más sobresaliente fue la gran abstención que marcó a esta votación. En efecto, concurrieron a las urnas sólo 13.059.173 de los 34.899.945 de colombianos habilitados para votar, un 37,41%, con una abstención del 62,59% de los votantes. Esto abre un panorama complejo con diversas dimensiones y conflictos de los que aquí presentaremos sólo algunos. La intención es contribuir a los esfuerzos para que la paz con justicia social y participación popular sea posible.

 1. El dato de la abstención

Sin dudas, la abstención fue uno de los datos más destacables de este plebiscito. Que más de 6 de cada 10 colombianos habilitados para votar no hayan concurrido a las urnas habla del poco interés que generó esta consulta. Con los resultados en la mano, inclusive muchos se preguntaron por el sentido mismo de la convocatoria y de la efectividad de su carácter vinculante para el Poder Ejecutivo.

Si al ajustado triunfo del no le sumamos la abstención, podemos interpretar que el resultado del plebiscito tuvo más que ver con frustraciones y malestares de la sociedad colombiana, con un rechazo hacia el gobierno de Santos y con una censura a un acuerdo de paz que se vio como pacto de cúpulas, que con una convicción de un 19% de los votantes por la continuidad de la guerra. Claro que las fuerzas retrógradas condensadas en el uribismo que quieren seguir lucrando con la guerra hicieron lo suyo; pero muchos se inclinaron por el no también por desinformación y como voto de censura ante una política que no los considera e interpela. Si consideramos esta arista del voto por el no podríamos trazar relaciones con el triunfo del denominado Brexit en Inglaterra, por ejemplo.

Una participación de menos del 38% del padrón en una elección crucial como la que se produjo el 2 de octubre habla de una deslegitimación del sistema electoral –y quizá de todo el sistema democrático- que excede el motivo coyuntural de la consulta. Expresa también los acuerdos de paz, resultado de más de 4 años de negociaciones, no fueron vividos por la sociedad colombiana como un proceso propio en el que pudieron participar y comprometerse cotidianamente, sino más bien como un pacto de cúpulas que observaron como espectadores sin sentirse convocados por el gobierno, pero tampoco por las FARC.

Esto debe llevar sin dudas a un replanteo de los sistemas democráticos latinoamericanos en cuanto a mecanismos de participación popular e incidencia social en los procesos de toma de decisiones. Muchos signos marcan que el de Colombia no fue un caso aislado, sino más bien síntoma de un agotamiento que podría llamar a una revisión profunda acerca de las formas políticas legitimadas en la región.

2. Es la desigualdad…

Buena parte de los malestares sociales que caracterizan la sociedad colombiana actual pueden explicarse por las profundas desigualdades sociales que vive este país. Es sabido que América Latina es la región más desigual del mundo si tomamos la medición del Coeficiente de Gini y la distribución del ingreso. Si complejizamos esta dimensión socioeconómica con otras como el género, la etnia, la generación, las migraciones o el territorio, estas desigualdades se agudizan. Varios autores como Reygadas, Perez Sainz, Kessler y Therborn han tratado este problema en los últimos años.

Asimismo, según un informe del Banco Mundial y datos de CEPAL de 2015, entre los catorce países más desiguales a nivel global figuran seis latinoamericanos: Honduras (6), Colombia (7), Brasil (8), Guatemala (9), Panamá (10) y Chile (14). De esta manera, Colombia es el segundo país más desigual de América Latina, la región más desigual del mundo.

Estas desigualdades pueden verse en muchos aspectos de la actual sociedad colombiana. Tres de los más conflictivos son las desigualdades de ingresos expresadas en el bajísimo valor del salario mínimo (alrededor de USD 250 mensuales) y la alta proporción de los trabajadores que lo perciben; las desigualdades territoriales visibilizadas en la distribución de la tierra, los conflictos agrarios, la segregación urbana y el gran problema del transporte público en Bogotá y las desigualdades en derechos básicos como educación y salud, altamente mercantilizados y con prestaciones diferenciadas según territorio y clase social, causantes de buena parte de los conflictos sociales públicos y subyacentes de los últimos años.

Estas desigualdades y malestares explican también en parte la gran polarización que muestran los resultados del plebiscito. Las zonas que más vivieron y viven la guerra votaron mayoritariamente por el si (que ganó por más del 90% en varios pueblos y zonas rurales). También apoyaron el si los jóvenes y muchos sectores medios profesionales o intelectuales de Bogotá. Al contrario, las grandes ciudades del interior colombiano (Cali, Medellín) se inclinaron por el no, al igual que gran parte de los adultos y de varias zonas populares.

 3. Los caminos de la participación

Los acuerdos de paz, el posible fin del conflicto armado no sólo con las FARC sino también con el ELN y el resultado del plebiscito abren diversos dilemas para la participación social y política en Colombia.

Por un lado, cómo tramitar los conflictos que surcan la sociedad colombiana por medios que no sean la lucha armada. Paz no significa ausencia de conflictos, sino otro modo de procesarlos. Así, si la paz triunfa, será mucho más difícil para la clase dominante colombiana criminalizar la actividad sindical, comunitaria, estudiantil, barrial, cultural e intelectual como lo hace hasta ahora. En la Colombia actual ser sindicalista, referente o portavoz comunitario o profesor universitario comprometido con las luchas sociales puede pagarse con la cárcel o con la muerte. Entre enero y septiembre de 2016 se han asesinado a 35 “defensores de derechos humanos, líderes sociales y comunitarios” en Colombia (datos de la ONG Somos Defensores, 16/09/2016). La muerte está naturalizada como modo de saldar conflictos políticos y su concreción o la amenaza potencial de ser asesinado actúa como atemorizador y retractor de la organización social.

Algunas veces estos crímenes son cometidos por las fuerzas de seguridad estatales. Pero la mayoría de los casos son perpetrados por grupos paramilitares que cobraron auge durante las presidencias de Uribe (en las que Santos fue Ministro de Defensa) y que, luego de una supuesta desmovilización, mutaron a bandas criminales (“bacrim”, como se las conoce) que actúan con impunidad y son funcionales a la represión de las protestas y movimientos.

Sin la disolución de estas bandas paramilitares la paz no podrá prosperar.

Por el otro, se presenta el problema de cómo interpelar tanto al 62% que no fue a votar como a parte del 19% que lo hizo por el no. Este es un desafío para las fuerzas que se proponen cambiar Colombia y saben que no pueden hacerlo con solo el 19% de las voluntades que votaron sí. Movilizar a quienes no fueron a votar el 2 de octubre es crucial para una paz participativa que garantice un mejor país.

En tercer lugar, quizá uno de los ecos inesperados de un plebiscito con resultados inesperados sea la gran movilización social que se generó a partir del mismo 3 de octubre. En efecto, superados la desazón, la bronca y el desconcierto, grandes grupos de colombianos y colombianas salieron a los espacios públicos con la convicción de que la paz que no se ganó en las urnas se podía ganar en las calles. Esta fue quizá la mayor derrota del no, que se proponía continuar el miedo y el chantaje a los que sometieron a la sociedad colombiana durante años. Pero lejos de retraerse, cientos de miles de colombianos salieron al encuentro de sus pares ocupando plazas, parques, esquinas y sitios de encuentro. La consiga #PazALaCalle –convertida en etiqueta y tendencia en las redes sociales- ganó espacio y las marchas y asambleas populares se multiplicaron.

Así, los acuerdos de paz que parecían lejanos se acercaron a la vida cotidiana de los colombianos y se significaron con contenidos de justicia social, igualdad, participación. Y fueron –son- los jóvenes los protagonistas de esta movilización; son ellos los que ocupan los espacios y los tensionan, disputando el sentido de lo público en una Colombia mercantilizada y desigual.

Quizá sea esta movilización popular uno de los reaseguros más importantes que tenga la paz con justicia e igualdad. Y seguramente sea también un resguardo para que las guerrillas que dejan las armas puedan participar de la vida política colombiana sin sufrir la matanza que cayó sobre la Unión Patriótica en los años ochentas.

Vemos así como los desafíos de la paz en Colombia son los desafíos de las democracias latinoamericanas en la actualidad. Participación popular, procesos de toma de decisiones y legitimación de las instituciones, mecanismos de producción y reproducción de las desigualdades y políticas hacia la igualdad, tensiones en torno a lo público, movilizaciones y formas políticas generacionales. Surcando estos dilemas y tensionando estas tendencias contrapuestas delinea sus derivas la región. Desde el norte nos miran agazapados y en el sur las noticias no parecen del todo promisorias. Pero la organización social es persistente y se sobrepone a quienes quieren doblegarla, construyendo las transformaciones necesarias, aun ante los que pretenden que la guerra continúe para que nada cambie.

 

Notas: 

El plebiscito como acuerdo colectivo de convivencia, por Denis Rojas

A los violentos, nunca más, por Giovanny Daza

Conciencia de Paz, por Julio César Ruiz

Frente al olvido hay quienes acompañamos y resistimos, por Marlon David Gonzalez Sapuy

 

Etiquetas: